Los puentes y las luciérnagas

El auto tuvo una caída libre en aguas profundas al compás de un adagio. El neumático delantero izquierdo había tronado como globo de fiesta justo en mitad del puente. Era en vano llorar epifanías que provocaran nostalgias por las vacaciones mal planeadas. No fue posible abarcar la ruta de un lugar a otro como estaba en el itinerario. El trámite de los pasaportes les había robado casi una semana de tiempo. La clave estuvo en la llave, la que no encontraban para obtener el pasaporte vencido del niño. Lo tenían guardado en una caja fuerte, el pasaporte, por supuesto. En el viaje, las horas se habían construidos por sí mismas con las risas del niño. Entonces le dio por dormir bajo una tarde calurosa de un mes invernal en el asiento trasero. Antes del pinchazo, el conductor, padre del niño, observó a su esposa dormitando mientras planeaba como atravesar el puente, pero en su pensamiento le vino la idea de hacer el amor sobre el puente y los puentes en su cabeza percibían un aroma a la lluvia lejana que había cesado junto con las risas del niño. El cielo no se moja con la lluvia pero debajo de éste hay un puente que se pudre en medio de nubes y flores que bailaban en los confines de no sé qué ciudad . En sus sombras todavía hay hielo y nieve con basura pero sobre todo con envolturas de papel sabor a chocolate.

Debajo de aquél puente, un vagabundo con dolor de muela por masticar el tedio de los días que corrían y se resbalaban en su existencia, defecaba y filosofaba sus experiencias en los puentes oxidados , desquiciados y con amarres tan opacos que se caían con tan solo nombrarlos. Tenía en su clímax, el significado ya listo con los instantes que le daban plenitud para vivir la vida bajo un puente levadizo. Pero las cloacas se destapan ante la verdad y los peldaños no existen en los puentes verticales, nada mas sirven para bajar en un juego parecido a las serpientes y escaleras, aquí es necesario una coma para separar el sueño vigía en su mundo surrealista de un dolor en su puente molar, que bien le chinga mucho y lo tiene clavado hasta en el subconsciente, como un puente enterrado en la piel y en los ojos. Primero fue una sonora flatulencia y después el golpe del coche sobre el río. Entonces su mirada se cruzó con la de un niño ángel que caía y caía del cielo y buscaba y buscaba de donde agarrarse sin techar los orificios que se quedaban así nada mas como picaportes en el aire. La lluvia quedó suspendida a lo lejos , sin imágenes, ni siquiera un orificio donde se quedaran las mariposas en el camino de plata y rubí.

No puedo evitar un punto y lo pienso y lo tengo que colocar porque es un punto maléfico, punto que asemeja al hijo de un línea que tiende puentes entre puntos, para formar líneas de cruce. Entonces el vagabundo y el cielo quieren llorar puntos pero no pueden y me piden un poco de paciencia y compasión porque me esperan los puntos de arriba, de abajo, de los lados. Sobre mi hombro hay una cara llena de puntos observándome, riéndose como paso de una orilla a otra orilla, despejando la crisis existencial que construye puentes sobre arena y sobre cristales. La locura al pie de un río que va hacia arriba desquiciando el tráfico de ángeles como si tuviera la autoridad sobre Dios y sobre todas las cosas. Nietzche estaría orgulloso de ese río vertical , de esa sucesión de puntos marginales que mas que de amor, son de puro milagro sembrado en la rivera de la existencia y vuelven a los puentes movedizos, a los que permiten cruzar los navíos bajo el influjo de una embriaguez de noches, que tardíamente van a dar a la azotea de un vagabundo poeta colgado de un cable intentando llegar hasta el cuerpo del niño que no sabe nadar. Se le olvida su dolor de muelas mientras con sus manos tiende puentes entre la vida y la muerte.

En otro puente bajo la luna, de no sé qué ciudad, ya no hay mariposas y bajo el manto de la noche las luciérnagas van destellando lágrimas luminosas.

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